¡YO, POSMODERNO!ANOTACIONES Y DIGRESIONES PERSONALES PARA ENTENDER LA POSMODERNIDAD

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un cartel vale más que mil palabras

En un post respecto al Dakar y su impacto en Bolivia, alguien decía, cito: “Es de postmodernos no entender el horizonte de la modernidad donde también esta Bolivia”. Me pareció bastante “posmoderna” esta idea porque se construye en base a falacias y paradojas, y por lo tanto, invita a ser analizada y así, poder, también , como una tarea que me había impuesto hace mucho, explicar como concibo lo posmoderno.

El autor de esta divertida “construcción verbal” parece reducir la posmodernidad a una visión muy simplista del significado en sí. Entiende por posmoderno todo aquel sujeto que descree del sistema o los sistemas o todo aquel que cuestiona y critica, racional o irracionalmente, una creencia o una institución. Si bien hay algo de cierto tras esa definición, es una visión muy sesgada del término. Lo posmoderno va más allá del descreimiento de las instituciones, el discurso de la posmodernidad, como dice Lyotard, cuestiona cualquier intento de construir una totalidad, pero al mismo tiempo posibilita o invita a creer en cualquier cosa. Eso se puede dar porque el posmoderno construye su visión de mundo en base a retazos de la realidad, como si de un collage se tratase (de esto habla Derrida). La posmodernidad tiene la misma estructura, o una estructura muy parecida, a la del arte neobarroco propuesto por Omar Calabrese, es un momento, un concepto demasiado ambivalente para reducirlo al descreimiento. Calabrese define el neobarroco como “la búsqueda de formas en la que se produce una pérdida de la integridad, de la globalidad, de la sistematización ordenada, a cambio de la inestabilidad, la polidimensionalidad, la mudabilidad”. Esta definición expresa también la situación de lo posmoderno. En una era donde la totalidad (Dios, ciencia, valores, etc.) se ha visto fragmentada, y donde es muy difícil volver a hacer “metarrelatos” o “héroes” porque los padres de la hermenéutica moderna (Freud, Nietzche y Marx) se han encargado de enterrar cualquier intento de “universalidad”; lo único que queda ante ese “descreimiento” es refugiarte en el retazo de la realidad. En sí, el cuestionamiento sólo es la primera fase de la posmodernidad, una vez que el sistema ha sido criticado, y ahí toda la falacia posmoderna cae, se necesita hacer nuevos dioses. En ese sentido, Zizec hace un gran trabajo al decirnos lo que ha pasado los últimos cien años: nuestro dios, o centro, se ha vuelto la ideología, pero no la ideología marxista ni capitalista ni nada de esas cosas, sino la ideología que supera cualquier discurso: el consumismo. El consumo es nuestro gran dios y todo “horizonte”, si es que existe, empieza y termina en él. En palabras simples, es el deseo de poseer lo que nos lleva a articular nuestros retazos de realidad.

Quiero regresar a esa frase, y bajo esta visión global de lo que entiendo que es posmodernidad, analizarla.

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El insoportable peso de la posmodernidad

“Es de postmodernos no entender el horizonte de la modernidad donde también esta Bolivia”

1. El autor atribuye que existe un grupo moderno y otro posmoderno; y él, por inferencia, se sitúa dentro de los modernos. Es cierto. Aún hoy en día existen resabios de ese discurso moderno en algunos individuos que se niegan a dejar su decimonónica existencia, pero son pocos. El hombre moderno, a diferencia del posmoderno, intenta mantener, o tener control de su conocimiento, intenta que su experiencia de vida gire en torno a algo, ya sea ciencia, religión o valores. Sherlock Holmes es un ejemplo de personaje moderno. Él eleva el conocimiento “racional” a la categoría de verdad. Para este “héroe” no existe aristas en el discurso de la ciencia, no hay puntos de contradicción en el método científico. Quizás muchos de los protagonistas de novelas policiales de principios de siglo XX sean los últimos modernos. Pues bien, si el autor de tan memorable, como intrascendente cita, fuera uno de estos, no caería en el error de producir falacias en su discurso, integraría, de manera muy racional el papel de la posmodernidad dentro de la lógica moderna. Sherlock Holmes jamás se atrevería a lanzar una apreciación si no analiza, estudia, reflexiona en torno a todo lo que va recolectando en sus investigaciones. El Holmes de Conan Doyle necesita tiempo para armar el rompecabezas. Siempre deja un espacio de duda en Watson ,además como recurso narrativo, para dar con la solución al final. Decir “es de posmodernos no entender” es generalizar y resta veracidad al argumento. Demuestra una falta de conocimiento de la “totalidad” del discurso, y por ende, cae en mirar sólo un pequeño fragmento, como si a partir de un indicio, Holmes, acuse al mayordomo de ser el asesino.

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Un detective posmoderno

2. Según el autor, lo que los posmodernos no entienden es el horizonte de la modernidad. Segunda falacia. Un posmoderno, al contrario de lo que se cree, entiende de manera muy clara el horizonte de la modernidad. La modernidad ha cambiado el punto focal de nuestro imaginario, de las premisas feudalistas-teológicas ha pasado a las capitalistas-científicas. Para asumir la posmodernidad, el posmoderno acepta el fracaso de la ciencia, el fracaso del método científico y se interna en el mundo de lo religioso, espiritual, científico y todo aquello que le convenga para armar su corpus teórico y práctico. Alejandro Jodorowsky es un ejemplo de intelectual posmoderno. Sus obras son un viaje entre la ciencia ficción (comics como Cara de luna, el incal, los metabarones, etc.) y la magia (Santa sangre, el topo, la montaña sagrada). Este artista utiliza todo aquello que está más allá de la lógica matemática, y al mismo tiempo se vale de ella, para crear respuestas “míticas” a la naturaleza humana. Y justamente eso es lo que el hombre posmoderno cuestiona: la deshumanización de la vida. Basta entender que la ciencia, gracias a una “sacralización” del método científico, ha transformado una herramienta, que iba a ayudar al ser humano a responder esa gran pregunta que por miles de años venimos preguntándonos y hasta el día de hoy no hallamos respuesta: el por qué de la vida; en dios. El científico moderno ha hecho de la herramienta el tótem ha quien se debe rendir culto. Esta “divinización” de la ciencia es lo que el posmoderno (si algún nombre se le daba dar) intelectual critica. Focault, por ejemplo, cuestiona esa deshumanización poniendo en crisis las instituciones que el discurso moderno ha erigido: el panóptico, el psiquiátrico y la clínica. Estos, para Focault, han servido como herramientas del poder para controlar a las masas. La conversión del sujeto en objeto ha posibilitado al discurso hegemónico controlar, de manera más efectiva, a esas masas indomables. Entonces, el posmoderno, a diferencia de lo que se entiende, está convencido de la crisis de la modernidad (quizás por eso la devela y la cuestiona). Marx podría pasar, también, como posmoderno. Pero este cuestionamiento no necesariamente te hace posmoderno. Cuando el cuestionamiento responde a los principios de la modernidad, es decir, una lógica racional, no estamos ante un posmoderno. Para ser posmoderno, se necesita articular los discursos de la antropología social, la ciencia (ambas “dioses” de la modernidad) y la “irracionalidad” o cosmovisión primitiva. Jodorowsky juega con esos dos mundos porque “observa” el arte, como una constante discusión entre el buen primitivo y el salvaje moderno.
Ahora bien, esto no significa que el posmoderno tenga la razón, sería un error afirmar eso, sin embargo, el sujeto posmoderno debe tener mínimamente un conocimiento, un poco más que superficial, de la historia para cuestionarla, y por lo tanto, asumir la existencia de un mundo después de la modernidad. También, debe asumir que no existe un centro, “la razón”, sino muchos centros o periferias donde habita su pensamiento (y en esto, quizás tenga razón nuestro amigo post).

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El topo de Jodorowsky: un western místico

3. La posmodernidad nunca pudo ser adjudicada por Latinoamérica porque no pudo crear un horizonte moderno propio. Asumir que Bolivia o cualquier país de América latina han entrado dentro de un horizonte moderno en algún momento es una falacia. Nuestra tercera falacia. Bolivia, en toda su vida como conato de nación, ha intentado integrarse de manera forzada al horizonte de la modernidad. Sin embargo, el choque del mundo europeo con el indígena han imposibilitado el “progreso moderno” como tal. Este choque de culturas han producido cultural, política y económicamente modos de interacción entre lo moderno y lo “primitivo” haciendo que ningún proyecto moderno, como los de Europa o América del Norte, puedan funcionar. Ni Chile ni Brasil han podido dar solución a sus problemas de identidad, siendo los países más “modernos” del Hemisferio Sur, y han procedido ha invisibilizar a esos que no entran, o no pueden adaptarse a los cambios globales, coptando, destruyendo, anulando, cercando, al “otro” que impide el avance del capitalismo (la favela brasileña o las ciudades intermedio como Alto Hospicio en Iquique o la ciudad de El Alto en La Paz). Bolivia, y muchos países subdesarrollados, viven de la extracción de los recursos naturales y son controlados por unas pocas manos, un empresario o el estado. No entra en una lógica moderna porque la industrialización, una de las características del estado moderno, por ejemplo, no es parte del proyecto nacional. Si un sitial tienen los países productores de materias primas, en el mundo, dentro del panorama de la modernidad es la del “otro” que debe ser marginalizado y “encapsulado” (como los “gamas” en la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz) para el servicio de las naciones del extrañamente llamado Primer mundo.  Un amigo intelectual una vez me dijo: «Bolivia fue posmoderna antes de que la palabra esa existiese». Bolivia está más cerca de la posmodernidad por tener que convivir con discursos tan contradictorios y complejos como racionalidad y tradición. De manera muy creativa, Bolivia ha podido sobrevivir a las irresponsabilidades de uno y mil gobiernos incapaces de ponernos dentro de la matriz moderna, y crear una nación esquizofrénica que debe vivir su posmodernidad casi obligatoriamente.

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Los dioses de los posmodernos latinoamericanos festejando  el triunfo de la revolución

Estas tres falacias, sin embargo, nos llevan a comprender como funciona la posmodernidad. Irónicamente, la proposición que hace el amigo del post es verdadera. Pero no como proposición sino como ejemplo-metáfora de como se construye la posmodernidad:
1. Para ser posmodernos debemos creernos que somos modernos. Por eso Focault y muchos intelectuales no podrían ser posmodernos. Ellos cuestionan el sistema pero están conscientes, en sus mismas teorías, de la imposibilidad de superar la modernidad, por eso no dan soluciones a la crisis del mundo moderno.
2.Para ser posmodernos debemos traducir el mundo de manera irracionalmente racional. El posmoderno utiliza el discurso de la ciencia y la deforma, la re-inventa, la mal utiliza. A eso, le añade una alta dosis de “educación sentimental” y conocimiento de la tradición primitiva (superstición, religión, costumbres, etc) para conformar su imaginario.
3. El latinoamericano, boliviano en este caso, es posmoderno por herencia. El choque de culturas produce una serie de pensamientos, y conocimientos, “descentrados” que rayan en lo irracional , a no ser que ese latinoamericano haya sido criado en un mundo realmente occidentalizado libre, o alejado, de las contradicciones y paradojas.
El post del sujeto en cuestión es un reflejo de cómo la posmodernidad va ganando más espacio y que nosotros no estamos muy alejados de esa locura. Muchos vivimos creyendo que nuestro discurso es sólido, sin embargo está lleno de falacias y preconceptos que parecen ideas robadas a Madame Bovary. El post y el post-moderno cada vez están más cerca de ser uno. Las redes nos posmodernizan, definitivamente, o sacan el posmoderno que llevamos dentro. Solo en ellas podemos hacer afirmaciones sin fundamento sacadas de las tripas y la locura de la violencia sin sentido. Sólo en ellas podemos escribir, nosotros, los descentrados, nosotros, los que nos gusta hacer falacias y paradojas.

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NO ME DIGAS PELOTUDO, PELOTUDO: FACEBOOK Y LA HIPERSENSIBILIZACIÓN DE LAS MASAS

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La hipersensibilidad, ¿un recurso hollywoodesco?

Facebook es un gran indicador de tendencias, de gustos, de modas, pero sobre todo, de subjetividades. Quizás en el pasado la subjetividad no era cuantificable, o al menos era demasiado “intangible” y, por lo tanto, poco fiable cuantificarla. Más ahora, gracias a este tipo de redes sociales, la subjetividad ya es algo que se visibiliza. En el pasado, sólo los guardianes del saber podían reflejar por medio del arte su percepción del mundo, ahora, basta poseer una cuenta de cualquier RRSS, y ya está: subjetividad express.

El mirar, para John Berger, también es una subjetividad. Una subjetividad cargada de todo un bagaje cultural que no nos permite “ver” más allá de nuestra “realidad”. La mirada está sujeta a un contexto, y ese contexto es el que le da sentido al objeto que miramos. Nuestras subjetividades, esa percepción de lo externo, está constituido a partir de lo que nos rodea. Así como lo que vemos “significa” a partir de nuestro conocimiento, lo que pensamos, también. Una foto, un post, un meme, refleja nuestras maneras de “imaginar” lo externo. Gracias a las redes, entonces, hemos podido manifestar nuestro fuero interno (llámese ego, yo, super yo, espíritu, consciente o inconsciente). Gracias a esa “manifestación” de nuestra interioridad, podemos “cuantificar” cómo estamos construyendo nuestro futuro (esta es una hipótesis que debería ser corroborada por los estudiosos y teóricos de la estadística, la macroeconomía y la filosofía avanzada, mientras tanto, es un descentramiento mío, solamente).

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Mirar desde el Facebook

Lamentablemente, para un lector primerizo de las subjetividades en las redes como yo, el panorama de nuestro futuro se ve muy poco prometedor. Todo lo que puedo ver y leer en el facebook, especialmente, me recuerdan a una escena del capítulo de Los Simpsons llamado “Homer goes to college” (Episodio 84, quinta temporada). El capítulo gira en torno al regreso de Homero a la universidad porque produce una fusión en una “simulación” en la planta nuclear. Influido por las películas de universitarios, el calvo más gordo de la televisión, decide hacer todo aquello que, para él, debería hacer un universitario. En la referida escena, Homero va a una fiesta de bienvenida para los novatos y decide poner alcohol en la ponchera para animar la reunión. Uno de los muchachos bebe un poco y comienza a gritar: “alguien puso alcohol en el ponche”. Todos se escandalizan, pero el muchacho los calma diciendo: “pero no se preocupen, ya llamaron a sus padres y vienen en camino”. Esta escena, por cierto memorable, me sirve de metáfora para explicar sobre esas subjetividades “cuantificables” que inundan las redes sociales.

Al igual que Homero, hay una retaguardia salvaje que aún conserva “sensibilidades modernas”. La rudeza, el humor caustico, la burla, el matonaje, la crudeza, la “cursilería” (respeto de valores y creencias tradicionales) se han vuelto en esos Homeros que intentan poner alcohol en las imberbes y sanas mentecillas posmodernas. La red ya no es lugar para viejos: viejos hábitos, viejos modos de pensar, viejas ideologías.

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Homero, ese salvaje moderno

Sin embargo, y pese a que “las viejas estructuras” están pasando de moda y ya no marcan tendencia, esta nueva sensibilidad que es más “intolerante” a los “intolerantes”, no promete nada bueno. Los Simpsons es una serie que hace burla de todo, nadie se salva, y por lo tanto, también se critica a las nuevas sensibilidades. Estas nuevas maneras de percibir al mundo también pueden caer en el mismo patetismo que han caído las viejas costumbres, y quizás de manera más rápida y destructiva que las antiguas. Los “jóvenes” (y pongo entre comillas porque a ese grupo también entramos algunos de la retaguardia) posmodernos han perdido una capacidad que tenían los antiguos: la capacidad de razonar ante el golpe del enemigo. Esta capacidad no responde al insulto inmediato o al bloqueo del “cyberbulleador”, sino a la actitud de “tolerancia” que tanto se pregona en el nuevo mundo. El “respeto a la diferencia” es un postulado para defender las contradicciones del discurso posmoderno (que es descentrado, paradójico, contradictorio, neobarroco, etc.) pero que llegado el momento, no se practica. Como esos muchachitos de la fiesta, las nuevas sensibilidades, no soportan un error, actúan de inmediato ante la afrenta, se organizan rápidamente contra el enemigo, de manera virtual claro está, para defenderse con las mismas armas que el abusivo: con violencia.

Las nuevas sensibilidades, hipersensibilidades llamémoslas, son más agresivas y contraproducentes que las antiguas, porque reaccionan visceralmente ante el acoso o la supuesta agresión. La razón, la discusión, el debate, quedan al margen, lo que prevalece es la violencia y el cibermatonaje (la tortilla se voltea, los acosadores se transforman en acosados, las víctimas en verdugos). Esta victimización del verdugo, y viceversa, es típica en la sociedad del espectáculo. Es el mecanismo que ayuda, por ejemplo, a que los realitys no pierdan rating. Es típico de las multinarrativas como Games of Thrones o The Walking Dead, donde los roles del bueno y el malo se difuminan y se bifurcan. La hipersensibilidad de los cibernautas es lo que ayuda a que la red funcione y a que nuestras vidas se transformen en espectáculos, en chismerio estilo Al fondo hay sitio o Bailando por un sueño.

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Un hipersensible actuando el papel más  importante de su vida: él mismo

La hipersensiblidad está produciendo un discurso contradictorio, donde la violencia, aparentemente, está siendo atacada, pero que en el fondo, sigue siendo violencia (y más cruel porque está solapada, cubierta por miles de filtros culturales y contradicciones). El hipersensible posmoderno defiende la libertad yéndose contra la libertad del otro. Frases como “Esos maricones homofóbicos”, “a los asesinos hay que matarlos” o “maldito machista hijo de puta” (siendo la palabra “puta” un constructo patriarcal); los posts de cibernautas que aman a los animales pero odian al género humano, los posts que defienden el feminismo pero aborrecen cualquier manifestación “patriarcal”, los socialistas que defienden su contradicción entre praxis y teoría deshumanizando el discurso “utópico”: “el izquierdista consume porque tiene que vivir”, “el de izquierda lucha contra el capitalismo pero no está peleado con la doctrina”, “para llegar al socialismo hay que hacer una nueva burguesía( (lo he leído, lo he escuchado); se pueden leer continuamente en Facebook y demuestran una intolerancia y falta de respeto a la otredad que ni la misma modernidad, con todos sus genocidios, sus crueles torturas y asesinatos, han demostrado (porque sabíamos quienes eran nuestros enemigos). La hipersensibilidad disfraza a los lobos de “caperucitas rojas” y esto posibilita que se devoren a sus abuelitas sin ningún sentimiento de culpa.

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Sensibilidad posmoderna, tan contundente

Necesitamos algo de Homero, un salvaje moderno, para poder contrarrestar la rizomática (descentrada) existencia de la posmodernidad. Vivir sin centros, con discursos ambiguos y “pragmáticos” pueden ayudar al individuo, que es a lo que apunta el capitalismo: a una sociedad individualista en extremo con una falsa idea de comunidad, pero que afecta a la posibilidad de hacer una nación fuerte, sea imaginada, sea real. Nuestras subjetividades, como van, pueden llevarnos a ser un país del tercer mundo para siempre, un país donde la esquizofrenia y el descentramiento ayudan a las potencias a devastarnos. Como dijo José Hernández en su Martin Fierro: Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera, y si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera”.

 

 

FIDEL CASTRO: EL MAESTRO QUE NOS ENSEÑÓ TODO Y NOS ENSEÑÓ NADA

Sali Baba: …Y recuerden que todo ser cree ser todo pero nada es todo. Todo es apenas nada. El ave es nada, porque vuela. El pez es todo, porque nada.

Todos: Gracias por todo.

Sali Baba: De nada.

Les Luthiers.  Así hablaba Sali Baba

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Seinfeld y Castro: Hablar de todo y de nada

Muchos de mis amigos, conocidos y gente a la que no le agrado, me dicen que mis ideas propuestas en este blog son verdaderos disparates sacados de una febril y loca imaginación, que las relaciones que hago entre películas, libros y series televisivas con la realidad nacional y latinoamericana rayan en el absurdo. Y creo que tienen razón. Estos escritos son digresiones que a veces no tienen centro, no tiene principio ni final, y que, porque no decirlo, pueden pasar como falacias. Yo hablo de muchas cosas y no digo nada. Soy el resultado de una esquizofrenia intelectual donde la cultura pop y la alta cultura han hecho nido y se han mezclado, produciendo este menjunje de vacilaciones y gestos inacabados en mi escritura.
Lo mío nunca va de nada y al mismo tiempo va de todo. Y este homenaje  irreverente al hombre que  para muchos es parte de la historia, y casi un héroe, y para otros sólo una piedra en el zapato de la humanidad, es una expresión más para poder entender ese desquiciamiento llamado “posmodernidad”.
Con esa explicación, que no dicen nada y dice todo, al igual que el epígrafe y la siguiente foto, doy comienzo a esta mi confesión-homenaje político-estética-social.

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¿Qué tiene que ver esto con Fidel?

¿Qué tiene que ver Seinfeld con Castro? Pues mucho y nada. Al igual que el ave que es nada porque vuela, y el  pez que es todo porque nada, Seinfeld está tan cerca de Fidel como yo estoy cerca de la locura. Ambas figuras, en cierto grado, son parte de un show montado hace mucho tiempo para entretener, y hacer creer, que la cosa va de buenos y malos, de héroes y villanos. Son parte de un espectáculo que comenzó hace decenas de siglos para que las sociedades se mantengan con la boca callada y no se rebelen más de lo que su entorno lo permita.

Seinfeld es una serie que apareció en la década de los noventa del siglo pasado (1990-1998). El comediante Jerry Seinfeld, junto con el irreverente Larry David (Protagonista en la serie Curb your entusiasm de HBO), tuvieron la genial idea de hacer una serie que iba de nada, donde los personajes generaban un conflicto a partir de un hecho intrascendente, de un gesto cotidiano aparentemente trivial. Cada acción de los protagonistas de dicha serie, a medida que esta avanza, rayan en la misantropía más cínica, y al mismo tiempo, más refinada que el televidente puede pedir. Es una serie que gira en torno a lo nimio pero refleja lo más oscuro y abyecto del alma humana.

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The bubble boy: la insensibilidad más divertida de todos los tiempos.

Cada uno de los capítulos de Seinfeld es un viaje epicúreo, un viaje absurdo hacia la locura del individualismo.  George, el amigo regordete y misógino, vive fijándose en los defectos de sus parejas circunstanciales y ve la manera de sacárselas de encima. Seinfeld, el amigo chistoso, es un hombre que no soporta que nadie viole su privacidad, cada vez que se siente amenazado, descubre una manera de alejar a la gente. Elaine, la amiga-novia de Jerry, ve la vida de manera leve. No se hace problemas con las cosas grandes, sólo con los detalles sin importancia. Y Kramer, el odioso más adorable de la tele, siempre encuentra la manera, de la forma más estúpida, de pasarla bien. Este grupo de amigos, que en el fondo lo único que desean es que el statuo quo de sus vidas no se vea afectado,  buscan alcanzar sus sueños realizables y a corto plazo para ser felices.

Y justamente ahí está su fracaso. Para lograr satisfacer sus deseos más básicos, sexo y comodidad, por ejemplo, se internan en disparatadas historias que terminan afectando la vida de terceros. Su picardía raya en la criminalidad, inocente por cierto, que los lleva a ser los más odiados de su entorno. Su búsqueda de la felicidad, los empuja a la soledad, como a muchos les pasa en la vida diaria.

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Útimo capítulo de Seinfeld… como la vida misma.

Pero, no he contestado la pregunta, ¿qué rayos tiene que ver esto con el querido Fidel Castro? Pues, todo y nada. Realmente, nada tiene que ver el socialismo con el capitalismo, ¿o sí?

Fidel ha sido el último gran héroe de la utopía socialista, una especie de metarrelato a lo latinoamericano (Fidel representa la épica tercermundista del socialismo, representa el gran líder magnánimo y entregado a su pueblo). Fidel , como Seinfeld, es un producto que refleja la estructura del sistema al que cada uno pertenece. Fidel es un maestro que nos ha enseñado, como lo hacen las series gringas en cada capítulo, que la ideología es la solución de todo y al mismo tiempo es la solución de nada. El ave es todo porque vuela, y el socialismo es todo porque en su discurso nos ofrece la clave al mal de la historia: el otro que siempre es amo, explotador, jefe. Nos ofrece la solución, que en el fondo, tampoco es la solución: la revolución. La figura de Fidel ha representado por más de cincuenta años, la esperanza de los grupos oprimidos, explotados, empobrecidos, la esperanza de los que viven su día a día de la manera más epicúrea posible, de la manera más nimia y trivial que pueda existir: la esperanza de nosotros, las masas que acallan y viven su individualismo de maneras graciosas, pícaras e inocentonas.

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Fidel Castro: La ficción, la que quedará.

Pero también Fidel es como el pez, porque nada. Porque realmente nada de nada, mucho ruido para tan pocas nueces. Él ha evidenciado el fracaso pragmático de la izquierda. Si bien el imperio ha vivido con el espectro de Fidel y la revolución cubana por décadas, y ha sido la piedra en el zapato que EE.UU. no podía quitarse, paralelamente, como una boa que se devora a sí mismo, el discurso socialista se ha ido debilitando. Ha mostrado su verdadera faz. Seinfeld es gracioso, pero no deja de ser cruel con su entorno. No deja de ser individualista y miserable con los que lo rodean. El socialismo, con toda la carga idealista que nos ha llevado a creer en un mundo mejor, un mundo de igualdad y trabajo seguro para nosotros y nuestros hijos, es una herramienta tan cruel como el consumismo capitalista. La destrucción de los valores y creencias, el discurso hipócrita de la austeridad, la devastación de las ciudades y pueblos cubanos, la ruina a la que ha llevado Fidel Castro por el bien socialista, es el reflejo del fracaso de ese paraíso. El régimen castrista es la muestra de que las utopías son imposibles, pero que las distopías, utopías perversas,  son reales y alcanzables.

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Fidel Castro: La realidad, la que se fue.

Seinfeld nos enseña algo: la maldad es parte de nuestra naturaleza. Somos malos aunque no queramos. Fidel nos enseñó que los discursos son sólo eso. Nos enseñó que no debemos escuchar cuando alguien diga: yo soy la salvación. Nos ha vacunado contra las doctrinas, nos ha enseñado a que la vida sin praxis no es vida, nos ha mostrado que tanto una ideología como la otra, no son la solución. Al igual que Seinfeld, nos ha enseñado que la satisfacción de uno sin producir el bien del otro, lo único que acarrea es la completa soledad.

Yo: Gracias, Fidel, por todo.

Fidel (desde algún lugar): de nada.

NOTA: El título de este ensayo está  basado en el título del libro Seinfeld and Philosophy: A Book about Everything and Nothing de William Irwin. Sin embargo, las ideas vertidas aquí, no responden, o no intentan hacerlo, al contenido de dicho libro.

DEL SUEÑO A LA PESADILLA AMERICANA: UNA LECTURA POLÍTICO-SOCIAL DE “LA PERLA” DE JOHN STEINBECK (MIRÁNDONOS EL OMBLIGO – 2da parte)

Nuestro horizonte político, social, económico y estético es Estados Unidos. Ya sea por la hipócrita negación o por la cínica aceptación, El Norte es nuestro norte. Nuestros grupos de poder, y el pueblo todo, miran a ella y ella, como la diva hollywoodense que es,  sólo se encarga de hacernos un desplante dándose la vuelta y dejándonos con las ganas de bailar una pieza.

American Dream this way

Para alcanzar el sueño americano, gire a la derecha…

La carta de la bancada del MAS acusando “la traición” de funcionarios de la embajada americana a su nuevo gobierno, muestra de manera patética esa fijación que tenemos por el imperio (y este artículo también lo muestra). Todo el discurso sobre el imperialismo es real. Hay una  “superestructura” que nos mantiene colonizados, el único problema es que no  aceptamos que somos siervos mentales de Washington. Seguimos, y seguiremos, mirando  ese panorama, embelesados, mientras no nos percatemos que allá, también se cuecen habas.

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Carta de la bancada del MAS a Donald Trump

El ganador del premio Nobel de literatura, John Steinbeck, es un  crítico del sistema norteamericano. En sus novelas La perla,  Las uvas de la ira, De ratones y hombres, Al este del Edén,  y un largo etcétera, él nos muestra el otro lado del tan apreciado “sueño americano”. La novela La perla es un pequeño  ejemplo de ese sueño y sus peligrosas consecuencias. La historia de esta obra gira en torno a un pescador, Kino, que habita en las periferias de una ciudad llamada, coincidentemente, La Paz (parece que está ambientada en una ciudad de Baja California-México). Kino es un padre de familia que ve su vida cambiar cuando su pequeño hijo es picado por un escorpión. Éste y su esposa corren a ver al doctor del pueblo y no son atendidos por falta de dinero. En un acto casi desesperado, la familia se lanza al mar en busca de perlas para pagar la curación de su pequeño. Milagrosamente, encuentran una almeja que posee la perla más grande del mundo. Hasta ahí, la situación parece bastante normal. Coyotito, nombre del chiquillo, es curado por el doctor, quien queda fascinado por la gigante perla, y parece que  la familia de Kino tendrá un final feliz. Sin embargo, la historia sufre un giro argumental cuando la perla, en vez de salvar, terminará sellando el fatal destino del pequeño. Esa perla, por la ambición de los que la rodean y la del protagonista, termina transformándose en una maldición que llevará a toda una familia a vivir un drama. La perla se convierte en una pesadilla para el pescador porque lo transforma en asesino, y por ende, en fugitivo (mata a un hombre que intenta robarle).

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La familia contenida, o consumida, por la perla

La situación social en la que se ha  desenvuelto Latinoamérica durante casi toda su historia, desde que fue “conquistada”, nos ha arrojado de manera desesperada a buscar una mejor vida en otros espacios. Ante las necesidades nunca atendidas por los que detentaron y detentan el poder, nosotros, los ciudadanos del “Abya Yala”, como cualquier continente saqueado por la avaricia y la falta de identidad , nos hemos visto en la necesidad de creer en una perla que nos puede sacar de nuestra mediocridad. Y así, Estados Unidos, se ha vuelto esa  brillosa joya, que, con sus luces de neón y sus fuegos artificiales estilo “Fourth of july”, nos dice que siempre hay un mañana mejor.

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La libertad y toda su fugacidad artificial

Los sueños de Kino son los sueños que nosotros tenemos para el futuro de nuestros hijos: casa, comida, salud y una buena educación. Muchos de los regímenes políticos de Latinoamérica han negado a sus ciudadanos el acceso a las necesidades más básicas por mucho tiempo. Han empujado a sus pueblos y ciudades a la pobreza. De México a la  Argentina, estos gobiernos, de derecha e izquierda, de Peña Nieto a Kischner, no pueden dar “esperanza” a sus moradores porque, como en la novela de Steinbeck, los grupos de poder sólo se preocupan por llenarse los bolsillos de dinero. Sólo miran los beneficios que pueden obtener. Las nuestras son élites que sufren de miopía histórica,  porque no pueden mirar más allá de su corto feudo (ocho, diez, quince años son nada frente a siglos y siglos que se tarda en forjar una nación). Mientras estos grupos se quitan un pedazo de carne como fieras hambrientas, el pueblo no logra colmar sus expectativas ni ansias. Si bien son muy pocos los países latinoamericanos que sufren pobreza extrema, eso no significa que los deseos son satisfechos por los gobiernos de turno. Al contrario, mientras exista una perla brillando y poniendo el estándar de lo que es “vida”, la sociedad toda nunca va a lograr satisfacer sus “necesidades”.

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Negando un presente, negando un futuro…

Sin embargo, el sueño americano, para quienes logran alcanzarlo o simplemente lo anhelan, se vuelca hacia una tragedia social: la pérdida de identidad y la paranoia. Al igual que Kino, el migrante, y quienes codician la joya, ven enemigos en todas partes. La patria, esa ilusión de unidad territorial, se transforma en el mal. Cuando miramos hacia un mundo mejor,  nuestro territorio se vuelve despreciable. Vivir en un mundo “injusto” donde el nivel de vida está por debajo del estándar que marca EE.UU. hace que pensemos en lanzarnos a la mar para conseguir una perla que nos salve de nuestra pobreza mental, espiritual, social, política y económica. El apoyo a Trump en estas últimas elecciones por muchos migrantes latinos, cubanos y mexicanos republicanos entre estos,  nos muestran la pesadilla que se vuelve poseer el “sueño americano”: Despersonaliza al ciudadano que alcanza sus sueños. Quita la posibilidad de hacer nación.

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Perdiendo la esencia latina

Pero, ¿adónde nos lleva este “sueño americano”? Lo que ahora, para muchos migrantes y fanáticos del imperio, es un sueño, cualquier momento puede transformarse en pesadilla. Kino, en su esfuerzo por lograr la libertad que ya ha perdido, se confronta a sus enemigos con tan mala suerte que una bala perdida acaba con la vida de su “Coyotito”. El refulgente sueño americano está causando catástrofes en las sociedades latinoamericanas. Ese sueño que nuestros padres y nosotros buscamos, está dejando sin futuro a las nuevas generaciones. Así como una bala perdida, la ideología capitalista, y eso lo vemos hoy en día con el excesivo consumismo del que somos víctimas, está creando generaciones muertas en vida. Zombies que sólo desean consumir y vivir una pesadilla hedonista, jóvenes que les preocupa cada vez menos la idea de nación, patria y frontera. La globalización nos hace creer que somos ciudadanos del mundo, sin embargo, las potencias están cerrando fronteras para esos “ciudadanos”. Muchos Trumps y “Brexit” se vienen. Las naciones del primer mundo se cierran y hacen que el sueño se transforme en una trampa.

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El gran engaño del sueño americano

Kino regresa a su tierra, tira la perla al mar y los “cantos de la muerte” dejan de retumbar. El viaje de esta familia es una moraleja. Podemos soñar con un mañana mejor, es justo, es imprescindible. Pero el sueño americano no es la solución. La solución está en nuestras fronteras, en esta pobreza, está en la nación. El sueño americano es eso, un sueño que podemos vivir un momento para aprender, para experimentar, pero la salida está en nosotros. En luchar desde nuestro trozo de tierra  e intentar hacer un sueño de nuestra choza, transformarla en un lugar un poco más habitable para nosotros y nuestros hijos. La solución está a la vuelta de la esquina, está llamándonos. Quizás lo único que necesitamos es guardar silencio y escuchar su suave y casi imperceptible melodía.

¡QUÉ DEMONIOS NOS IMPORTA TRUMP! (MIRÁNDONOS EL OMBLIGO – 1era PARTE)

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Señores, ¡qué demonios nos importa Trump! ¿Acaso los gringos están preocupados por nuestro futuro como nación? Ellos siempre van a estar bien. Sus relatos épicos están bien fundados. Rip Van Winkle, de Washington Irving, nos deja clara la posición de Estados Unidos: pasarán veinte años, las cosas cambiarán, pero seguiremos siendo, y forjando, una nación. El país del norte ha protegido sus mercados, sus empresas, a su pueblo, dándoles una falsa sensación de seguridad. Se ha preocupado en conquistar a otros pueblos con su entretenimiento, con sus “dream team” y “american dream”. Estados Unidos se ha ocupado de hacer nación para que cualquier rey papanatas pueda subir y el imperio no sea mellado por sus paparruchadas. Sus héroes, de Rambo al Capitán América, se encargarán de cuidar la libertad que les permite comer en Wendy’s y desayunar en Tiffany’s. La seguridad de ese país está resguardada. Su narrativa, sus relatos, cuidan el futuro y los dejan descansar plácidamente.

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¡Qué demonios nos importa Trump! El mundo seguirá con discursos de izquierda, de derecha, de visibilización ,o invisibilización, del enemigo. El imperio seguirá fagocitando y poniendo cercas imaginadas y reales alrededor. Con sus casitas estilo victorianas y sus “picket fences”, con los niños pintando de blanco la verja mientras un par de pícaros se ríen y comen manzanas, con su yanquis que viajan a la corte del rey Arturo y llevan progreso a la humanidad. Con escenas bucólicas y melancólicas, con la niña Ingalls corriendo por la pradera, con un Eastwood al son de Morricone (spaghetti western con salsa barbacoa) o un Schwarzenegger en pantaloncillos cortos y una sonrisa de triunfador. Todo seguirá igual porque detrás del discurso derrotista de unos cuantos hay todo una maquinaria estatal bien armada. Ni ENRON ni la SHELL han podido derrotar al imperio, ni Osama Bin Laden ni ISIS lo harán, porque en la violencia ejercida por el imperio (llámese conflicto) está la verdadera heroicidad tras la gran “catástrofe” (y aquí me pongo apocalíptico) llamada capital.

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¡Qué demonios importa un Trump! hay miles de clones de él por el mundo. Viviendo en lujos mientras sus pueblos mueren de hambre. Aplastando naciones con sus actitudes de señores feudales, con sus imposturas de dioses bárbaros. Estados Unidos estará bien porque sus héroes “inventados” cuidan la seguridad de estado. Qué sería de América sin Iron Man y los Avengers, sin Superman y la Justice League, sin los Globetrotters, variante acrobática de la NBA. Latinoamérica tiene al Chapo y al Chapulín, es cierto, pero los yanquis tienen un arsenal de personajes. Por cada novela cursi de la Reina del Sur hay cien sobre el universo Marvel, por cada Enmascarado de Plata, hay una legión de la WWE.

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Latinoamérica necesita aprender de la América soñada por Rip Van Winkle (libre de las ataduras del imperio británico) y empezar a construir héroes. Sí la educación no da para crear seres idóneos, creemos desde las artes. Dejemos de escribir, de pintar y de consumir nuestros corruptos antihéroes, dipsómanos y pícaros. Hagamos héroes como los hemos soñado. Enmascarados de plata con superpoderes, con vista de rayos X, hagamos chasquis que viajan a la velocidad de la luz, hagamos Rip Van Winkles que sueñan con una nación fuerte y realmente soberana. Dejemos atrás a los héroes muertos, a los “y si hubiera seguido vivo…” y miremos nuestro futuro. Qué nos importe un demonio el imperio y forjemos uno, hagamos nuestro paraíso en medio de este infierno posmoderno que vivimos. Señor, Trump, ¡Qué demonios me importa usted!

LOS FANTASMAS DE LOS CAZAFANTASMAS: DISCURSO Y PRAXIS EN EL ESTADO PLURINACIONAL

El estado plurinacional de Bolivia nació a la sombra de un fantasma: el del neoliberalismo. El 21060 surge con las palabras de Víctor Paz Estenssoro: “Bolivia se nos muere”. 1985 se convierte en el  año que recibimos un país en agonía y destinado a ser botín de empresas y gobiernos inconscientes. A partir de ese momento, el neoliberalismo se volvió una realidad que nos persigue aún hasta el día de hoy.

El 2003, con el nefasto octubre negro, el país cambia. El discurso de la nacionalización, de la recuperación de nuestra dignidad como país resurge y el 2006 es elegido Evo morales como presidente de los bolivianos. A partir de ese momento, el estado, discursivamente, hace una cacería de brujas contra todo aquello que lleve el sello “imperialista -neoliberal”.

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Ghostbusters 2.0 de Paul Feig (2016) es perseguida por la fantasmática presencia de su homónima de 1984, dirigida por Ivan Reitman. La angustia de ser influenciada, han llevado a Feig a buscar en la “diferencia” discursiva la manera de alejarse de su predecesora. La angustia de superar, de alejarse de la original, han construido una obra de “éxito limitado” o simplemente “mediocre” (opiniones vertidas por críticos de cine americanos del Chicago-Sun Times, The observer y The village voice).

El estado plurinacional se plantea con una nueva discursividad: el respeto a la pluralidad, tendencia política de izquierda radical y rescate de los principios y valores “comunitarios”. En cada acto, el gobierno de Bolivia intenta liberarse de la influencia del neoliberalismo adoptando políticas sociales y de austeridad, nacionalizando empresas e intentando construir una espiritualidad “milenaria”. Cada medida es una lucha por borrar en el imaginario boliviano la presencia maldita del fantasma que el “imperio” ha impuesto.

Paul Feig, quien dirigió The office, Mad men, Weeds y Arrested Development (series americanas con una alta carga satírica y crítica a su sociedad), utiliza un discurso abiertamente feminista. Hace que el discurso político-social, se transforme en una herramienta estética para “superar” al padre. Arremete contra los hombres de manera irónica, paródica, ridícula, e intenta crear otra cosa, algo alejado de las influencias del pasado. Feig, ante el disgusto de fans y críticos (de las redes sociales, claro está) que ven en el feminismo de Ghostbusters 2.0 una artimaña publicitaria, los trata de misóginos, “frikis” e imbéciles.

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Bolivia, los últimos años, ha vivido bajo un discurso abiertamente de izquierda, discurso que se queda sólo en eso, discurso. El estado plurinacional, representado por un partido, se ha alimentado por el marxismo más tradicional y sus símbolos: Fidel Castro, Hugo Chávez y el ícono pop, por excelencia, el “Che”. Se ha llenado la boca de postulados predefinidos, como si de un guión se tratase, y se ha aferrado a ellos. Intenta, como todo gobierno socialista, controlar los medios de comunicación defensores del imperialismo, encarcelar a la oposición “neoliberal” y borrar cualquier indicio del fantasma que lo persigue.

Feig ha errado el camino. La angustia de que los fantasmas de Reitman queden atrás, lo ha llevado a vaciar el discurso político, ha hecho del feminismo una impostura, un cliché “feminazi” (definición machista del feminismo radical). Ha quitado lo contestatario del discurso y lo ha transformado en una parodia. En su esfuerzo por alejarse del maestro, se ha acercado tanto que se ha dado de bruces contra él. Esta película hace pensar que cómo el primer Ghostbusters, no habrá.

El movimiento al socialismo mientras más intenta alejarse de lo neoliberal, más se acerca. El discurso vaciado, por falta de praxis y repetición sin sentido de consignas, y el utilitarismo de la palabra, lo han llevado a construir un remedo vacío del izquierdismo y los valores comunitarios. La pluralidad no es más que una falacia porque no hay respeto a la libre opinión, no hay respeto a quienes piensan “diferente”. La izquierda es sólo palabrería demagógica que intenta producir una falsa sensación de bienestar. Lo “comunitario” es una utopía porque el individualismo es lo que permea en las instituciones del estado.

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El fantasma del neoliberalismo se ha vuelto una presencia perturbadora y constante, y cada día se materializa un poco y muestra sus demoniacas garras. A pesar de ello,  no es un enemigo externo y fuera de control, así como no existen “frikis”, misóginos ni imbéciles sino espectadores exigentes. El enemigo real es interno. Está en las intenciones y ambiciones personales, en las intenciones de maquillar lo externo, pero dejar intactos los vicios internos. El neoliberalismo no ha desaparecido, está latente y dispuesto a renacer.

Mientras la pluralidad, el respeto a la diferencia y los valores comunitarios no se hagan tangibles en las políticas de estado, mientras la teoría no vaya acompañada de la praxis, no habrá desaparecido el odiado y destructivo monstruo neoliberal, por el contrario, crecerá y se comerá Bolivia como el hombre de Malvavisco se come New York.

POLÍTICA Y RUINAS: LAS ALFOMBRAS PERSAS Y LA FLAGELACIÓN DE LA MEMORIA

La Paz y El Alto son ciudades construidas sobre ruinas. Ruinas metafísicas, ruinas internas, traumas. Son ciudades esquizoides, descentradas, acéfalas. Son ciudades improvisadas fundadas para el saqueo y el triunfo de unos pocos en desmedro de muchos.

La Habana, para Antonio José Ponte, es una ciudad ruinosa porque el poder hegemónico de ese país necesita de la ruina para “ser”. La ruina mantiene las cosas como están. Posibilitan que las medidas de izquierda funcionen. 1984, de George Orwell, plantea claramente esa “idea” con su Inglaterra decadente y desgastada. La ruina hace que Cuba sea lo que es: un paraíso comunista. Ruina y comunismo parecen ser sinónimos. Un gobierno de izquierda no es de izquierda hasta que ha desgastado a sus ciudadanos y sus inmuebles. Argentina y Venezuela son claros ejemplos. El gobierno de Kischner y Chávez han dejado ciudades dignas de películas pos-apocalípticas. Ver inmensas masas cruzar fronteras en busca de comida, hospitales sin servicios básicos y colapsados. Ciudades que están envejeciendo por que el dinero no alcanza para restaurarlas, esas son las imágenes que tenemos de las ciudades de izquierda, o en las que la izquierda se ha parapetado.

En “The Interview” (Una loca entrevista) de Seth Rogen y Evan Goldberg, Corea del Norte es una ciudad “holográfica”, teatral. Nada de lo que se ve es real. La verdadera Corea está detrás de las escenografías. Kim Jong-Un es un hombrecito débil, lleno de complejos, culpas e ira, pero cruel y despiadado con los que cuestionan el régimen. Esta caricatura de Jong-Un es una muestra de la decadencia que Orwell ya planteaba con su “Gran hermano”. Si bien “The interview” no es un gran ejemplo de “imparcialidad” política, es una metáfora de lo que refleja la izquierda (y no es que la derecha sea menos decadente, simplemente que la derecha tiene mecanismos de encubrimiento mucho más sofisticados).

La película “Good bye, Lenin” de Wolfgang Becker, por el contrario, desarrolla el tema de la ruina, y el fin de una visión política, no con ánimos de “denigrar”, sino es una mirada nostálgica a un pasado aparentemente “glorioso”. Y es aparente porque el mensaje es contrario a lo que se ve. La Alemania Democrática está en ruinas. Es una ciudad con edificaciones y calles viejas, edificios afectados por el tiempo y el moho. Es una ciudad “visualmente” decadente, como lo es el capitalismo con sus empresas de comidas chatarras y su amor desmedido al espectáculo.

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El socialismo depende de la ruina, depende de mantener a sus ciudadanos con el “corazón en la boca”, esperando que la ruina acabe con ellos. El cubano vive pensando (y eso se puede observar en el documental de Florian Boschmeyer: “Habana, arte nuevo de hacer ruinas”) cuando morirá aplastado o lesionado por un pedazo de techo o una pared colapsada.

Sin embargo, y a diferencia de esas ruinas, La Paz lleva la ruina en su imaginario. La izquierda, el socialismo, el discurso del trauma colonial, la pérdida del mar, el fútbol, todo ello contribuye a construir una sociedad en ruinas, ruinas imaginadas que se elevan por sobre los edificios. Ruinas que se yerguen sobre las plazas, sobre los paseos. Ruinas que se van confabulando en nuestro inconsciente. La modernidad intenta tocar el umbral de nuestra percepción, pero nos negamos a ella. La ruina se ha apoderado del ciudadano promedio, y eso se puede ver plasmado en las redes sociales, en los programas de televisión, en nuestro arte y entretenimiento. Grandes odas a la ruina, como lo hace Jaime Saénz o René Bascopé, ocultas tras una ciudad mística, mística fundada en el basural, en la periferia, en el olvido. Elegías celebratorias plasmadas por Mario Conde, Guiomar Mesa o Mamani Mamani. Elegías que dan muerte, y reviven, nuestros traumas. Música que celebra nuestras ruinas morales y hacen que nuestra esquizofrenia se vuelva un ícono popular. El chenko, lo abigarrado, dan muestra de nuestra ruina interna, nuestro laberinto decadente que habitamos.

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La Paz, y por ende El Alto como el hermano no deseado, intentan erigir monumentos modernos: teleféricos, paseos, rascacielos, megacentros, fuentes danzantes. Sin embargo, no podemos curar las heridas dejadas por una visión de mundo hegemónica que nos dice: somos perdedores y debemos lamernos nuestras heridas. La Paz intenta cubrir sus miserias con alfombras persas, tapices hindúes y mesas para treinta personas avaluadas en 70 mil bolivianos. Las ruinas del paceño no están en Tiwanaku ni Iskanwaya. Tampoco están en los museos o las calles viejas y desgastadas. Las ruinas del boliviano se esconden en lo más profundo del ser, en su esencia, en esa actitud casi masoquista de celebrar la derrota, de gritar  siempre y cantar como buenos muchachos: “Jugamos como nunca, perdimos como siempre”.

A BAILAR, A BAILAR, MALDITOS: BOB DYLAN EN TRES SÍNCOPAS

Dylan 1: Murakami en la orilla

¿Por qué Dylan y no Murakami? 1Q84 es la novela más larga que he leído en mi vida. ¿Qué puedo decir? Una maravilla. Un híbrido de realismo mágico con metafísica al puro estilo Jodorowsky. Una creación magnífica: grotesca, sublime, reflexiva, moderna, posmoderna, mágica, real, poética, narrativa. Todos los adjetivos y sustantivos se pueden juntar en esa novela. Un aleph literario donde todos los géneros y las artes se mezclan: Un comic, una sinfonía, una película, una performance, una leyenda, un mito, un cuadro, un instante, un acto ritual. Murakami es un digno representante de nuestra posmodernidad, y por ende, un digno ganador del Nobel. Sin embargo, el Nobel, nuevamente, lo ha dejado en la orilla, quizás como un Kafka genial e incomprendido. Faltan algunos años más, no muchos, para que a este genio oriental se lo glorifique y se le otorgue lo que por justo derecho le pertenece. Pero, ¿por qué Dylan y no Murakami? Creo, y eso es parte de una lógica irracional que seguramente como muchas de las canciones de Bob Dylan y algunos personajes de Murakami pertenecen al inconsciente, que todo va por la influencia y el canón occidental. ¿Quién es más canónico? ¿Dylan o Murakami? Harold Bloom (afirmación casi suicida), seguramente, escogería a Dylan antes que a Murakami porque el músico-poeta representa la “mayoría étnica” de occidente, representa los valores y antivalores que posibilitan la identificación, clara, sin filtros, sin interpretaciones, del consumidor moderno con su entorno. En Dylan está el último vestigio del canon occidental: la influencia.

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El argumento para la elección, el más fuerte y el más criticado, ha sido la influencia de este músico en las artes del siglo XX. Eso  lo pone entre los grandes, lo vuelve un Shakespeare “musical”, un Whitman de la generación X. Murakami, con toda su genialidad, aún no ha podido influenciar a sus lectores, pese a toda su fuerza escritural, su postura de dandy de las letras del siglo XXI. 1Q84 es una maravilla, sí, pero para algunos locos, hipsters  o nostálgicos que necesitan llenar el espacio “vacío” dejado por el boom latinoamericano. La ritualidad, la magia con la que trabaja  Murakami, es para los “haters” del statuo quo, para los nostálgicos “nerds”, para esos que desean volver a García Márquez o al mismo “influenciado” Vargas Llosa. En pocas palabras (ya me he lanzado al abismo y me voy directo a las afiladas grutas de la ignominia  e incomprensión), puedo decir, si Dylan tiene el premio, es porque es más famoso que Murakami (como si yo hubiese descubierto la pólvora).

Dylan 2: Varguitas fuera del tiesto

Vargas Llosa aún cree pertenecer a la constelación de “los guardianes del saber” (mi rostro se desploma contra una enorme piedra llamada “institución”). Parece que no se enteró que esa constelación se vino abajo con el remake de “Furia de titanes” (2010). Ésta película es la perfecta metáfora posmoderna de lo que ha pasado con la modernidad: Hemos dejado de creer en ella y se ha muerto, así de simple. Varguitas cree que aún hay una separación entre lo culto y lo popular, que Dylan es un producto de la sociedad de consumo, o del “espectáculo”. Craso error, y que alguien se lo diga, ver la paja en ojo ajeno y no el tronco que tiene. Vargas, al igual que Dylan o Murakami, danza con ellos en una marathón despiadada, como en los realitys y esos programas que nos hacen creer que la vida es color rosa,  por llevarse la presea de la gloria: la posibilidad de trascender y visitar la Riviera francesa con una buena copa de Dom Pérignon Rose Gold.

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Vargas Llosa cree (y con esto mis costillas se quiebran en mil y mi cráneo suena como una nuez en el cascanueces) que el no es parte de la sociedad de consumo, se siente alejado de ella, pero no se da cuenta que habiendo sido ganador del Nobel, eso lo hace una mercancia apetecible y muy consumible. Que, en el fondo, es tan Dylan como lo somos todos, como todos somos Francia y Charlie Hebdo.

Dylan 3: Dylan, ¿no logo?

Bob Dylan es una institución. Una institución que responde al canon occidental. Es un logo. Sí, es un producto del mercado. Es el digno representante de la modernidad. Antes del mercado, los que guardaban el conocimiento eran pequeños grupos de poder. Hoy en día, son las masas invisibles quienes marcan los gustos. Ratings, encuestas, mucho y mucho dinero siendo invertido para telemercadeo y pauteo. Las masas, pese a que no influyen en las decisiones de unos cuantos, son los que dictaminan lo que está “inn” y está “out”. Sin embargo las academias, las esferas de cultura, quieren hacernos creer  que ellos aún tienen el control del conocimiento. La influencia de Dylan ha abierto mercados. Ha posibilitado que la cultura pop vaya más allá de las fronteras norteamericanas. Dylan, y todo lo que él significa, han cruzado las lindes de la diferencia étnica, cultural, política y económica. Dylan, junto con Michael Jackson, Madonna, Spielberg, Peter Jackson,  y un largo e interminable etcétera son los ganadores del Nobel. ellos han posibilitado la “ecualización” del mundo. Murakami quizás lo hará en un futuro (pensando que ahora le toca a Oriente), pero por el momento, es la gloria del canon, el casi último homenaje a la cultura de consumo y diversión (Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá liberarse. ¡Nunca más!).

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LA PROTESTA BANALIZADA: DEL OCTUBRE NEGRO AL BLACK FRIDAY

Este mes, Julián, cumple 13 años de sentirse un ciudadano más, de ser parte de su comunidad. Hace trece años, el vivía en la periferia. En ese lugar rezagado del imaginario político y social. La hegemonía blanca, con todas sus variaciones de tonos de piel (más blanquito, menos blanquito, choco, gringo, etc.), en sus intentos por no perder el poder, había migrado su mirada a lo antropológico-social y había comenzado a cuestionar el discurso del “Imperio”. La derecha progresista se había estatizado y había perdido fuerza porque un grupo de “blanquitos” habían dejado de mirar el mapa de Bolivia y habían comenzado a importar la civilidad, con efectos truncos y pesimistas, a estas tierras salvajes e indómitas. Habían empezado a imaginarse un mapa borgeano donde Mc Donalds y Disneyland se veían como horizonte de vida. Los últimos estertores de una casta que se había olvidado de su pasado mestizo, estaba comenzando a dejarse escuchar porque sus deseos desbocados pudieron más que sus planes, a corto, mediano y largo plazo.

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Este mes, Julián cambiará la Core i7 por una Mac. Diseñará la publicidad para un ministerio que lo contrató como consultor con una jugosa entrada. Este mes, Julián piensa pagar la última cuota de su Mitsubishi al banco, y por fin, será dueño de algo más. Hace 13 años, la periferia era un “no lugar”, un espacio de transición para el viajero errante, ese aparapita saenziano que era un “no ciudadano” y que se lo celebraba como si lo fuese. Era una zona que proveía emociones exóticas y aventuras inverosímiles. La literatura, y las artes en general, se alimentaban de ella para darle un toque autóctono y personal a la creatividad. El alcohol, los lupanares, la noche, con toda su mística y misterio se desenvolvía de Caiconi a Llojeta, de la Ceja a la Pérez, de Riobamba a Villa balazo. Las voces que construían identidad se dejaban obnubilar por la periferia, como el colonizador se deslumbra frente al manatí y grita: ¡Rayas y centollas, una sirena!
Han pasado 13 años desde que Bolivia migra a la periferia y ya no la observa como lo hace el científico a su objeto de estudio. Se empiela, en términos metafísicamente literarios, de aquello que, hasta ese momento, había sido objeto de estudio, y danza al ritmo de una Cullagua y/o una morenada.
Julián no recuerda los muertos, esos seres anónimos que, por azares del destino o la bronca contenida por años de invisibilización, han dejado su sangre haciendo eco, cada vez más débil, en la tierra que los adoptó como si fueran sus hijos. No se acuerda de las balas (ni lo hago yo porque todo lo vi por tele) ni de la violencia que los guardianes del orden imponían para intentar que el statuo quo lo siga siendo. Tampoco se acuerda de nada desde el momento que migra a mejor departamento en el centro de la ciudad y mejor vida en los clubes nocturnos de Miraflores (clubes que eran sólo para la gente “bien”). Los recuerdos han sido guardados en un disco de una tera junto a las miniseries de la FOX y la colección de peleas de las “divas” de la WWE.

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“Estar de pie. nunca de rodillas” se ha vuelto eslogan, eslogan para evitar que una empresa migre a la llajua transgénica y cancerígena. Se ha vuelto un eslogan para el Facebook o el Twitter que nos recuerda el momento del cambio, el momento en que la periferia se vuelve centro, esa periferia olvidada por el aparato represor e inconsciente, a eso añadámosle frágil y debilitado. La lucha contra el maldito capitalismo ha fenecido, y la periferia es la que lo ha derrotado. Estar de pie significa hacer una enorme fila en el Multicine un miércoles por la mañana para ver la última de la Marvel o la DC. Nunca más de rodillas en la fría y deforme piedra, ahora lo hacemos cómodamente con doble aguinaldo y canchas de césped sintético (sentir el plástico en tu desnuda piel puede ser más reconfortante que sentir una bala penetrando tu pecho). Nunca más la violencia sin sentido, ahora todo cobra sentido. La violencia sirve para poder comprar un viernes en la noche en alguno de los supermercados que venden todo al dos por uno.
Julián sale de su departamento y cierra la puerta con tres candados. Ya en la calle, hace sonar la alarma de su auto, ese tip tip que nos dice “eres algo”, mira la calle de cuatro vías y muchos focos LED y sonríe. Todo valió la pena.

UN CANTANTE, UNA CONDUCTORA Y LA FALSA MERETRIZ EN LAS PUERTAS DE LA ALCALDÍA: MI MARCA ES CRISIS.

¿Los medios de comunicación en crisis? La crisis es parte del statuo quo, aunque parezca contradictorio. La crisis, la sensación de estar en el  borde del abismo en pos de nuestra extinción, está presente en toda sociedad y en todo momento. Es la que preserva al estado y a cualquier sistema que desea mantener la hegemonía y el control.

En los comics, especialmente los últimos treinta años, la crisis se ha vuelto una manera de vender más y más. Esas inofensivas historietas con monitos que tienen súperpoderes  han revelado como funciona el negocio más rentable del siglo XX. Junto con los comics, han surgido, en estos tiempos, esos predicadores que  van diciendo:  “el fin del mundo está cerca”, así como el pequeño pollito sale por la plaza del pueblo asustado y gritando:  “el cielo se está cayendo”. Los charlatanes del apocalipsis aparecen cada siglo para decirnos que estamos en crisis. Estos “profetas del fin del mundo”, coincidentemente, han ido aumentando estos últimos años, como las crisis de la Marvel y DC. El statuo quo actual se alimenta de estas permanentes crisis, de estos apocalipsis cotidianos. Es la nueva forma que el consumo tiene de presentarnos su oferta más atractiva: la constante y permanente presencia de la muerte en nuestras nucas.

El fin del mundo vende, y vende a raudales. Las guerras, los juegos virtuales, los libros, las series, las novelas, la comida, todo tiene un cariz crítico, un apocalipsis contenido en sí mismo. Transgénicos sinónimo de cáncer, envases plásticos sinónimo de contaminación, subculturas pop que hacen una apología del fin en su modo de vestir, de ser, de concebir el mundo. Todo eso vende y consumimos nuestro fin en esos productos.

Pues Maluma, y toda la cultura pop, como producto de consumo, está cargado del mensaje apocalíptico. Es un “profeta kitsch del apocalipsis”. Nos trae, con sus canciones y comentarios, el mensaje del fin, del fin de la “estética”, de la diplomacia y  del respeto. Muchos artistas en el pasado habían hecho comentarios ofensivos hacia las mujeres y el suelo boliviano (y quizás les perdonábamos porque nos llenaban con sus canciones cursis que hablaban del amor y la vida). Pero a Maluma, no. El es imperdonable porque trae el mensaje del fin en su imagen. Es como un jinete posmoderno que se regodea en el sexismo, la exacerbación de lo que es políticamente incorrecto y, sobre todo, en el facilismo estético. No le perdonamos sus comentarios porque, en el fondo, lo amamos. Pasado mañana, seguiremos llenando stadiums. coliseos y teatros y consumiendo sus trapiches y sonidos sin sentido. No le perdonamos porque eso es lo que hace más apetecible su imagen. Deseamos lo que el significa, deseamos el fin.

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Odiamos a una conductora de televisión, que habla sin ton ni son, porque nos vemos reflejados en ella, o queremos ser como ella. Anhelamos su falta de modestia, su grosería y toda esa impostura de diva, con la que cada uno la hemos cargado,  porque el nuevo siglo valora esa imagen apocalíptica e  idolatra todo lo que pueda llevar la marca de lo plástico y vacío (por eso las botellas pett son tan usadas en nuestro diario vivir). Ella toda se nos vuelve  insoportable porque la hemos fabricado a nuestra imagen y semejanza, ayudada esa imagen por debilidades muy humanas y particulares.  Ella es un producto de nuestros deseos más básicos: ver caer y rodar en el lodo al otro. Ella es lo que el nuevo siglo significa porque así la fabricamos y la construímos (aunque eso fuera una ficción). Ella es, al igual que Maluma, la lógica de este nuevo consumo: nuestra propio vaciamiento, nuestro propio exterminio.

Y después aparece alguien con un cartel que dice: “¿y ahora cómo pagaré mis estudios?”. Y con eso se completa el producto. Ese cartel nos muestra como nos regodeamos en el caída del otro, y lo  consumimos y nos fascinamos ante su destrucción. Salir con un cartel para defender algo “tan indigno”, mientras la cabeza del faraón cae y los clientes hacen mutis por la izquierda, se convierte en la manera más eficaz de llenarnos de nuestro propio vacío. Los comentarios contra la “falsa meretriz”, antes que se descubra como falsa, eran crueles: hombres invitándola a salir, diciéndole que ellos pueden sostenerla económicamente, juzgándola, apedreándola. La red mostrando la crisis, y el deseo más vendible, de la manera más descarnada posible. Hombres y mujeres asumiendo el rol de silenciosos jueces, viendo como el cuerpo de las brujas se queman, viendo como los chivos expiatorios cumplen su papel.

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La crisis vende. Showmatch es el súmmum de todos los  productos de la crisis. Es la muestra de lo que espera al ser humano cuando llegue el fin. Es el eterno fin, el suplicio que el hombre carga por sus errores: Una alta dosis de negatividad, cuerpos y rostros bellos, botellas vacías, comida cancerígena y mal gusto por doquier. Es el fin, el fin que nos provoca consumir, que llena y  anuncia nuestra aniquilación, nuestro maltrecho pero espectacular final.